• Me’a She’arim está lleno de sombras.
Cien puertas de entrada, evoca la Torá, pero los jasidim las han cerrado casi todas.
No quieren ver, ni ser vistos. Se esconden bajo sombreros, bajo togas, bajo pelucas y barbas. Bajo palabras y rezos.
En sus creencias no entramos ni tú, ni yo. Tampoco en su hormiguero.
Me’a She’arim, el barrio de las puertas cerradas.
  • Y después de la tormenta… llegó la realidad.
La misma realidad antinatural y triste.
El mismo camino de cada mañana. Hoy gris, húmedo, terrible.
El paseo diario sobre los tejados del zoco, sobre la pesadilla de la incomprensión. De la intolerancia y del miedo.
Ojos que no ven dice la expresión, pero los ojos intuyen y los oídos escuchan, y gira la mirada al oír la palabra del enemigo, la voz del infiel.
El odio en el gesto, en la penumbra de su ropa.
Pero hay un ojo que sí ve, que ve siempre, o eso dicen. Que está en todas partes, o eso dicen.
Hoy, aquí, el ojo reluce dorado entre las antenas, mira y es mirado. Y no permite el olvido.
Lo que sí permite, cada día, cada mañana, cada hoy gris, es la muerte.
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